MARITZA M. BUENDÍA:

UN MAR DE RELATOS

O LOS SUEÑOS DEL CUERPO

POR ELSA LETICIA GARCÍA ARGÜELLES

Buendía M. Maritza, La memoria del Agua. CONACULTA, Fondo editorial Tierra Adentro, 2002.

 

Con un título seductor, La memoria del agua de la narradora zacatecana Maritza M. Buendía, nos deja pensando en la fluidez del agua, de los recuerdos, como un movimiento y transición hacia algo que nos permita quedarnos cerca de nosotros mismos, con un gesto amable que no siempre es deseado, pero que forma parte esencial de la memoria.

 

Los trece breves relatos inician de manera enigmática y dan la impresión de que la historia continúa en los siguientes, hilvanándose: “Rumores”, “Agua dormida”, “Aire, agua: sueño”, “Percepciones”, “Pesadillas”, “Oníricos”; todos ellos reiteran un lenguaje simbólico vivo en las sensaciones del cuerpo y en el inconsciente, en el yo inmerso en un entramado de relaciones amorosas y familiares que se desplazan desde el mundo interior, desde el dolor y los sueños rotos.

 

La escritora despliega el mundo de Alondra, un personaje que se presenta en varios relatos otorgando una unidad inquietante a todo el libro, pues a veces asimos al personaje a través de sus deseos y su cuerpo lastimado y en otros momentos parece una figura etérea que se nos escapa de las manos. Personaje que quiere desprenderse por sí mismo y del cual nos quedan destellos e imágenes poéticas fragmentadas en cada narración.

 

Desde el primer cuento titulado “Rumores” surge Alondra, desde un tiempo lejano, en una acción lenta, en una atmósfera que permea el libro con la idea fija de “algo extraño”. Eso que nos ilumina o nos desconcierta no se puede explicar racionalmente pero forma parte del yo y del cuerpo de la mujer que habita. El libro y la historia empiezan con la búsqueda incierta de que “algo falta” y el camino para conocerlo es seguir las sensaciones/acciones cotidianas y frágiles que seducen al lector y la seducción es la palabra misma:

Alondra entra a la casa. Sus pasos generan un sonido hueco que rebota en las paredes y en los pisos desnudos. Con premura, se dirige directo a la sala. Una extraña sensación (algo ha cambiado, algo que falta) la detiene (p. 9).

 

Fragmentar la palabra, fragmentar el cuerpo, cortar la historia en un vaivén que deja lo concreto (lo objetivo, si éste existe) a la deriva. Apenas contamos con algunas señales: “la búsqueda de los papeles” y la relación con varias mujeres de la familia, de lo que fue en otro tiempo (el recuerdo) y lo que la protagonista busca insistentemente para reintegrar, para darle un sentido a la búsqueda.

 

En el pasado y en el principio siempre está la infancia, origen confuso, ambiguo donde se gestan o enquistan todos los dolores. Doble sentido entre el juego y la familia y las mujeres: Julia, la abuela, la mamá, sobre todo la madre. Descendencia y ruptura entre lo que cada una ha vivido. ¿Cuál es el destino que Alondra desea, qué Alondra espera? La percepción sensorial se ve vigilada por los objetos, la cama, el buro, los espejos, la grabadora, los muebles, las vajillas, una cama sin resortes, una estufa. Entre los objetos y el bestiario (ratón araña, cucaracha): “Alondra sonríe: se engaña. Es miedo a los rumores que la casa guarda. Cada mueble, cada papel, delinea una historia, un gozo por relatar su existencia: qué manos lo han tocado, qué palabras escuchado” (p. 19).

 

La necesidad de contarse surge con el diario, con el cuaderno de anotación que designa el principio del relato que pudiera dar un giro inesperado; con el tono narrativo, fragmentado, se da cabida a los opuestos como la necesidad y la falta, el dolor y la esperanza de la luz, o el dar sentido a los actos cotidianos y después esconderlos: “Sí, cuando uno se decide a terminar un diario se debe de quemar para que nadie se entere de tus secretos” (pp. 20-21). La búsqueda que da vida al personaje parece tarea de un equilibrista entre el “rumor de la abuela” y el “silencio de la madre”, un vaivén que la deja en medio de nada, sin un sentido que perseguir.

 

El cuerpo y la cicatriz toman lugar en “Cuatro escenas”, narración dividida en cuatro momentos; relato de un instante en que la parejas bailan y los cuerpos se transfiguran en la opacidad de la luz, del día: “La esfera comienza a girar y regala la imagen de cuerpos fragmentados, ondulantes por la refracción de la luz, gravitacionales” (p. 27). El color de la piel guarda una lectura privada y una lectura política, donde las muñecas y las niñas se ven regidas por un mundo de conceptos claves que nos designan, nos condenan o nos esclavizan. ¿Quién dirige a quien, quién es la niña, quién la muñeca, quién la mujer? Alondra tiene ropa para jugar. Alondra es una esclava y las obsesiones dirigen la reiteración de lo que provoca un tema infantil vejado por un mundo cotidiano, falso, mentiroso.

 

Desde el primer cuento advertimos la presencia/ausencia del padre, figura constante que ama y lastima. El padre denota una ambigüedad amorosa, como lo es todo el lenguaje que trastoca la mirada en un tornasol poético. Las pulsiones y los deseos se quedan grabados en el cuerpo, el recuerdo y el agua fluye, mientras la protagonista se instala en un sitio donde el deseo de verse a sí misma busca encontrar un asidero. De esta forma el agua no sólo como fuerza simbólica sino también como metáfora que brinda movimiento y unidad para integrar el ser: “Papá no vendrá. Mamá está muerta. Nadie brincará por la ventana. Estoy sola. ¿Acaso importa? Las olas se dispersan, me arrastran. Ni siquiera necesito mover las manos, sólo concentrarme: ser agua, quiero despertar el agua” (p. 42).

 

Sin duda, Maritza Buendía recuerda voces como Guadalupe Dueñas, Inés Arredondo, incluso diría que es lectora de Clarice Lispector, pues surgen imágenes inquietantes del yo, a la vez que juega con las situaciones cotidianas, la familia, los temores de la infancia, la maldad y el cuerpo femenino a través de un lenguaje detallista, donde la circunstancia deja de tener toda relevancia, para quedarse en el goce y seducción de la palabra. Un cuento que no es el la historia, sino el recuerdo literario, el juego de los cuerpos, el deseo que construye una triada, no obstante, el ir más allá crea un límite y éste en la historia se da a partir de quienes somos para los otros, cómo se tejen las historias y los deseos para leernos mutuamente. Precisamente, más allá de la anécdota, el relato devela un afecto literario por Julio Cortázar, y de este modo, “La lectura del profesor Julio” encalla en la admiración y el homenaje, y construye ecos del silencio:

Alondra siente un dolor en su bajo vientre y se estanca en su estómago. “No cabe duda”, piensa Alondra, “Julio me está leyendo” […] Pequeñas ondas corren por su cuerpo, como si Julio leyera en espiral, como si las letras se distorsionaran y fuere preciso leerlas al revés (p. 51).

 

Ella que es palabra roja, fragilidad que entrega un libro y entrega un cuerpo, ya no existe cuando el acto amoroso termina, ella; sólo quedan los otros libros, como el libro de Cortázar que Alondra guarda para después, para cuando su cuerpo ya no dice nada.

 

El conocimiento y la influencia de Inés Arredondo ejerce una atmósfera de maldad del cuerpo femenino, el cuerpo es un espejo de los actos masculinos. El cuerpo mirado y sancionado como en el cuento “La Sunamita”, me reitera un ser inocente y bello, iluminado por un “verano abrazador que no cesa” y que termina al final del relato con un cuerpo manchado por la noción de pecado, de culpa enquistada por los otros (la cultura, la familia, las instituciones). Así también vemos en el relato denominado “El juego de las historias simultáneas” el mundo de la infancia se ve trastocado por el placer, por la “niña traviesa”. La seducción y el recuerdo sensible, un recuerdo que es un instante de placer: las manos, la mirada, la respiración; hay que purificarse por el agua, hay que encontrar el rito para despojarse de los atavismos:

Alondra vuelve a tomar el vaso de agua. Lo deposita en sus labios húmedos. El líquido atraviesa sus dientes y su lengua. Inunda su garganta. Es un trago largo y pausado. Observas una ligera opresión en su cuello: segundos en que deja de respirar para que el agua transite hasta su estómago. Te gustaría conservar su imagen así: en contacto con el agua mojada o llenándose de ella (p. 63).

 

El eje en todas las historias es la soledad en compañía y la soledad como una elección. Hay niñas solitarias, mujeres solitarias, pero la soledad es una compañía ineludible, como la amiga que es Alondra, sus actos, sus escapes, sus ritos y maldades en cada rincón de los placeres y displaceres de la vida. Alondra es niña y es mujer. La soledad se reúne con el dolor y entonces “golpea en el cuerpo, golpea en el corazón”.

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